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Cantos en el patio 4

El prisionero empezó a golpear con cierto ritmo uno de los barrotes, mientras cantaba una personalísima melodía, desafinada y llorona, compuesta por él, que decía: “Señor comandante, señor comandante usted sabe que mi vida sin usted no tiene sentido”.

El guardia del pabellón imaginaba que aquello era un imposible e irreverente delirio amoroso, y ordenaba silencio al recluso que siempre volvía a quedarse callado antes del fin de la canción.

Una noche, a los pocos segundos de que se iniciaran los cantos, el guardia observó una pequeña rata negra que se aproximaba pegada al filo de la pared. Entonces la esperó con sus botas bien dispuestas y una sola patada terminó con la historia. Curiosamente, esa noche los cantos no cesaron y empezaron a arreciar en las distintas celdas, como tocados por un reclamo urgente, como si estuvieran enviando un S.O.S. codificado.

Cuando los reclusos descubrieron lo que había sucedido, muchos de ellos estallaron en llanto. “Señor Comandante” era la ratica que viajaba de una celda a otra, perfectamente amaestrada, llevando billetes arrugados de un lado a otro y regresando con algunos cigarros de marihuana pegados a su espalda.

Esa noche los reclusos no pudieron hacerle un velatorio de cuerpo presente al Señor Comandante. Pero en muchas celdas se podían escuchar los silencios de huérfanos adoloridos.


Foto tomada de: http://www.dariorial.com.ar/index.php?modulo=a&gal=b&foto=foto1
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