El experimento era simple: enseñarle a un chimpancé que para obtener una banana, debía halar de una cadena.
Lo importante era que, al hacerlo, el animal veía a otro chimpancé, tras un cristal, al que le aplicaban una fuerte corriente eléctrica, lo cual le generaba dolorosas convulsiones.
Tras descubrir que el placer de su comida implicaba dolor en otro chimpancé, el animal se negó a comer y tuvo que ser entrenado, de nuevo, para que comiera sin temor alguno a hacer daño a otros.
Nos preguntamos cuántos humanos en el mundo tendrán la estatura ética de aquel chimpancé. Sobran dedos en las manos.
Humanos y chimpancés somos familiares, con una identidad genética que supera el 99%. Ojalá ellos no se enteren. Morirían de la vergüenza.