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¿Qué pena que tampoco exista?
Para las culturas africanas que tienen su asiento en las regiones de Togo, Benín y Dahomey hay un dios llamado Ovisara que es distinto a todos los otros dioses que los humanos hemos inventado.
Ovisara es el dios supremo, creador del universo y de los hombres. Su bondad es tan infinita, que nadie se preocupa por rendirle culto ni de agradecerle, porque el dios llega a molestarse si los humanos le hacen alguna atención o le rinden algún tributo.
Ovisara, como todos los dioses, es una proyección de la identidad de los humanos que lo han inventado. Los dioses ególatras, vanidosos, tramposos, violentos, fatuos, crueles, exigentes y castigadores, son propios de pueblos con esa identidad.
En algunos pueblos africanos, cuando alguien de la tribu realiza una buena cacería y trae carne para todos, nadie le da las gracias porque todos suponen que es natural que lo haga: es decir, es natural ser solidario, es natural ayudar a los demás, es natural pensar en los otros. Por eso la palabra gracias no existe en muchas de esas culturas.
Ovisara, el dios bueno, es producto de esas culturas. Qué pena que tampoco exista.