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Alcohólico, hijo de alcohólico
Para los alemanes del siglo XIX no era extraño ver a un hombre de ojos grises, melena alborotada, y gesto fiero, tomando cerveza a solas, en un rincón de cualquier bar. Nadie le hablaba, porque no respondía. El hombre mantenía un permanente gesto huraño, porque era sordo. Se llamaba Ludwig Van Beethoven y dicen que en su cerebro resonaban todas las orquestas con la más estremecedora música. Quizás, cuando estaba a solas, recordaba que muchas horas de su niñez las pasó en un calabozo, acompañando a su padre, famoso borrachín y buscapleitos. Cuando su padre murió, el registrador anotó en la partida de defunción: !Qué dolorosa pérdida para la ciudad! ¡Cuántos impuestos dejaremos de recibir por la venta de alcohol!. Tal vez por eso, cuando se escucha su música más bella, no puede ocultarse un no sé qué de melancolía inexpresada.