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MIEDO A LA ALEGRÍA
Alguna vez lo presencié y sé que no es el único caso: La puerta de la jaula se abrió en forma accidental, el ave salió y con un saltito y varios aletazos llegó a lo alto del muro. Estaba libre.
Más allá le esperaban nuevos horizontes y experiencias no imaginadas. Solo bastaba seguir volando, para que sus trinos y plumajes ocuparan otros espacios, para hacerse dueña de su propia vida.
Pero no fue así. El pájaro, tembloroso, regresó a su jaula y se mostró agradecido y feliz de encontrar la puerta abierta para poder entrar.
El animal, con su libertad castrada, prefirió la embrutecedora tranquilidad de su prisión, al arco iris de nuevas emociones. Escogió la mezquina y gris rutna de sus días, a las vivencias que tenía al alcance de sus alas. Tuvo miedo a la alegria.
En los dias siguientes, cuando la jaula se abria, el pajaro recordaba aquel mundo de tentaciones que estaba más allá del muro y se acurrucaba en un rincón a la espera de que todo regresase a la feliz normalidad de su maldito encierro.
A aquel pájaro le faltó la gota de agua para derramar el vaso de los placeres. Le faltó la chispa para encender el gran fuego. Le faltó la pequenia dosis de alegría para disfrutar del éxtasis.
Los humanos somos como ese pájaro despojado del sentido de vivir y de volar: nos negamos la alegría de ser y de pensar, rehusamos lanzarnos, en la aventura del pensamiento y de la ciencia, a los horizontes que tenemos más allá de la nariz.
Como animales enjulados, preferimos recordar las cuatro mentiras aprendidas desde siempre, desde siempre repetidas y tranquilizadoras, y nunca cuestionadas.
Cada mentira es una pared de la jaula en la que tan cómodos y seguros nos encontramos. Y que nadie se atreva abrirnos puerta alguna, o a sugerirnos la existencia de otros horizontes, porque nos sentimos amenazados.

Por ejemplo, en el siglo XIX, Charles Darwin nos abrió, a nosotros, pájaros enjaulados, la puerta para que pudiéramos escapar a nuestra ceguera, para que voláramos con la tentadora mezcla de miedo y felicidad. Para reconocernos como una especie hermana de las demás.
Darwin, además, nos hizo el favor de bajarnos del pedestal y de sacarnos del nido de paja y estiércol en el que estábamos, creyéndonos seres aparte, imaginándonos como dioses caricaturescos.
Ojalá algún día abandonemos la jaula de la soberbia y de la ignorancia, y nos lancemos a volar, para reconocer nuestra identidad con las demás especies. Solo entonces empezará el verdadero proceso de humanización del que tanto nos ufanamos. Y, con alguna razón, podremos llamarnos "sapiens-sapiens". Mientras no lo hagamos, seres "torpes-torpes".