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NO SOMOS EL CENTRO
Hubo una época no muy lejana, y todavía no superada, en la que los humanos pensábamos que todo lo que en el cosmos existía, existía para alimentar nuestra vanidad.
Pero el pensamiento, siempre dinámico, buscó otras razones para explicar los misterios del universo y hubo hombres, al final de la Edad Media, que escudriñaron en el antiguo pensamiento griego sobre astronomía.
Uno de ellos, fue un joven polaco ansioso por estudiar y conocer, por descubrir las verdades que lo rodeaban. Se llamaba Nicolás Copérnico, miembro de una familia de funcionarios e intelectuales que no ahorraron en su educación.
Copérnico estudió derecho y humanidades, historia, idiomas, medicina y matemáticas y en todas estas ramas destacó de extraordinaria manera.
Y a partir de minuciosas observaciones del cielo, en medio de la soledad y del silencio, Copérnico aquel sacerdote de temperamento conservador, realizó la gran hazaña que nunca antes hubiera imaginado.
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Con su inteligencia, con sus cálculos, Copérnico, a golpes de ecuaciones, sacó a la tierra del centro del universo y demostró que éramos apenas una motita de roca y agua en algún rincón desconocido del cosmos.
Aquella verdad estremecedora contrariaba lo dictado por los dogmas religiosos que insistían en que la tierra era el centro del universo y que todo giraba a nuestro alrededor.
Para evitar la represión del poder eclesiástico, el sacerdote Nicolás Copérnico publicó su obra con el nombre de uno de sus alumnos, de acuerdo con el estudiante.
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