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AL FINAL, EL RESPETOI
En algún convento de Florencia se encuentra un paquete grande de cartas, ya amarillas por el tiempo. Son todas cartas dirigidas por una hija a su padre. Ella se llamaba Virginia, y él estaba viejo y prisionero.
Cuando se hizo monja, la hija cambió su nombre de Virginia, para darle gusto a su padre, que era un enamorado del cielo, y decidió llamarse Sor María Celeste.
El padre se llamaba Galileo Galilei y recibía las cartas de su hija, en secreto, y aprovechando que el convento se hallaba cerca del lugar en el que él estaba encarcelado.
Pero solo existen las cartas que la monja le enviaba a su padre prisionero. Las que le enviaba él a su hija, no aparecieron nunca, quizás porque su hija, después de leerlas, las destruyó para evitar represiones y peligros.
En las cartas que se conservan, aparecen, de cuando en cuando, algunas letras borroneadas por gotas de agua. Son las huellas del amor y el sufrimiento.
Esas gotas son, en algunos casos, lágrimas de la hija monja cuando escribía a su padre, y en otras ocasiones son las lágrimas del mismo Galileo Galilei al leer aquellas palabras.
Quiso el destino que aquella correspondencia llena de amor y de dolor, se suspendiera ante la muerte temprana de la hija de Galileo Galilei.
Así, los últimos años del científico pasaron en medio de la más oscura pesadumbre, hasta que murió y fue enterrado sin ningún reconocimiento, y con una sensación de descanso por la iglesia, que se quitaba de encima a un pensador incómodo.
Pero los tiempos cambian y casi cien años después, sus restos fueron llevados a la Iglesia de la Santa Cruz de Florencia
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Fue un día como hoy, 12 de marzo de 1737, y en la ceremonia se le rindieron a Galileo los homenajes que en vida se le negaron.
Aunque, como dijo alguien, hubiera sido mejor en vida... en vida, hermano, en vida.
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