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LAS ENORMES PEQUEÑECES
Una noche, en su laboratorio de la Universidad de Wurzburg (se pronuncia Viurs - burg- ), el professor Wilhelm Konrad von Roentgen, estaba realizando experimentos
Como casi siempre, se encontraba a solas. El profesor Roentgen era un personaje callado, al que le gustaba pasar inadvertido.
Esa noche investigaba algo con un tubo de rayos catódicos cuando descubrió un efecto misterioso: algo así como un fantasma que se proyectaba en una pantalla.
Roentgen descubrió que si interponía su mano entre el tubo y la pantalla, podía ver, proyectados, sus propios huesos.
Asustado y feliz a la vez, Roentgen supo que estaba al frente de un gran descubrimiento: de unos rayos invisibles que podían traspasar los cuerpos y descubrir su interior.
Estaba tan emocionado, que no supo cómo llamarlos. Entonces, mientras ideaba un nombre, los llamó Rayos X. Y al final, así se llamaron para siempre. Rayos X.
El avance de la medicina nunca hubiera sido posible sin este descubrimiento sorprendente: los rayos X, realizados por un profesor que quiso estar en el anonimato, al punto que le hubiera gustado llamarse, Profesor X
Roentgen hizo un milagro: Nos permitió hacer visible lo invisible, utilizando lo invisible: los rayos X.
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Pero no solo eso: Roentgen fue el primer galardonado con el Premio Nobel de Física. Siempre rehusó honores que quería rendirle la realeza, y rechazó que añadieran el pomposo von a su nombre. Y más aun: Tampoco patentó esta tecnología, y jamás reclamó derechos económicos sobre los rayos X. Enseguida, como un alud, se vino la inmensa inflación originada por la Primera Guerra Mundial, y Roentgen murió en la más dolorosa pobreza.
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