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SALVOS, A PESAR DE TODO
Corría el año de 1970 y la humanidad vivía la euforia de un nuevo viaje a la luna. En esta ocasión, en el módulo de comando Odisea, viajaban Lovell,, Swigert, y Haise.
Esa misión era Apolo 13 y debería alunizar en la región Fra Mauro, de nuestro satélite, para colocar al quinto y sexto hombres en su superficie, para la historia de la exploración lunar.
Era un día sábado, cuando la nave despegó a medio día, y cinco minutos más tarde fueron estremecidos por una vibración.
Algo raro sucedía. Un motor se apagó dos minutos antes de lo programado y otros motores estuvieron encendidos más tiempo de lo previsto.
Antes del lanzamiento, algunas pruebas indicaron posibles fallas en un tanque de hidrógeno, pero para subsanar el problema, se instalaron tanques modificados solo tres horas antes del vuelo.
Tras 55 horas de trayecto a la Luna, los astronautas terminaron una transmisión de televisión en vivo, y cerraron la señal. Hasta ese instante, el vuelo cumplía más o menos con la rutina.
Nueve minutos más tarde, explotó uno de los tanques, y afectó el suministro de electricidad, agua, oxígeno y luz. En ese momento la cabina parecía una fiesta navideña por la colección de luces parpadeantes. Cada bombilla que se encendía y se apagaba, era una luz de alarma.
El sistema de vuelo y orientación completo estaba al borde del colapso. Y esto sucedía a 320,000 kilómetros de distancia de la Tierra.
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Durante una semana los ingenieros, desde tierra, en Houston, hicieron gala de su creatividad para compensar todas las fallas técnicas y traer de nuevo a los astronautas, con vida.
Y para descanso y alegría del mundo entero, lo lograron. Aquella histórica misión Apollo había partido un día como hoy, 11 de abril de 1970.
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