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El único campeón mundial de ajedrez que tuvimos en América Latina, en toda la historia, fue el cubano José Raúl Capablanca, y siendo campeón mundial visitó alguna a Moscú.
Allí enfrentó a un niño que jugó una brillante partida y para sorpresa del mundo entero, el niño derrotó al campeón Capablanca. Entonces el cubano le dijo: Chico, llegarás a campeón mundial muy pronto
Y aquello fue una profecía. El niño prodigio se llamaba Mijail Botvínik, pronto se convirtió en campeón de la unión Soviética y después llegó a campeón del mundo en tres ocasiones. Y su carrera brillante lo llevó a ser llamado Patriarca de la Escuela Soviética de Ajedrez
Gracias a sus enseñanzas, el mundo le debe a Botvinnik el surgimiento de los tres más grandes genios del ajedrez de los últimos tiempos: Anatloy Karpov, Garry Kasparov y Vladimir Kramnik.
Pero hubo una partida en la que Botvinnik no tuvo el mejor resultado y fue un juego del ajedrez político.
Durante la época de Boris Yeltsin, el equívoco dirigente soviético no le perdonó a Botvinik su militancia en el partido comunista. Y siendo un hombre de más de ochenta años, gloria del ajedrez soviético y mundial, le fue retirada su pensión de jubilado.
Botvinnik había nacido un 17 de agosto de 1911 y hoy ya no está entre nosotros, pero se convirtió en ejemplo y en noble recuerdo.
Hoy, 17 de agosto, en el día de su cumpleaños, le deseamos que siga jugando a la única guerra noble, a la única guerra de la cual se resucita más digno e inteligente: que siga dando jaque mate a los dioses de la nada y el silencio.
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