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Había un hombre opulento y avaro que se dedicaba a lo que se dedican los opulentos y los avaros: a perder su vida pensando solo en cómo agrandar su fortuna, y nada más.
Y en su mansión su esposa, su hija y sus criados soportaban su prepotencia y su cicatería.
La hija del millonario avaro se llamaba Eugenia y tenía dos pretendientes de alguna fortuna
La verdad era que ambos estaban más enamorados de los millones del potencial suegro, que de la jovencita, que no era demasiado bella.
Entonces, como en las mejores historias de la vida real, apareció un primo de la joven que le despertó todas las pasiones. El problema es que era un hombre pobre
Ahí, entonces, empieza la novela. Esa obra se llama Eugenia Grandet, del talento literario del francés Honorato de Balzac.
Balzac, el del duro camino literario que para poder vivir, escribía novelas truculentas de gran demanda por el público, y con una lamentable calidad.
Pero por artística vergüenza, Balzac firmaba con seudónimo aquellas novelitas y novelones de tercera categoría
Después vinieron grandes éxitos económicos seguidos de estruendosos fracasos que convirtieron a Balzac, en el autor más leído de Francia
y en el más perseguido en toda Europa por sus acreedores
Inclusive en alguna de sus casas, Balzac había construido un túnel de escape en la sala, y lo disimulaba con un tapete, para utilizar aquella ruta de emergencia en caso de algún acreedor irritado
Balzac, el vigoroso y profundo novelista de lo sicológico y del realismo, nos abandonaba un día como hoy, 18 de agosto de 1850.
Y su obra monumental y a veces desigual, sigue siendo un monumento en la literatura francesa y universal.
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