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En un hogar de judíos intelectuales rusos, a finales del siglo XIX, nació Lev Davidovich Bronstein, y desde joven supo de intensas pasiones políticas.
Reconocido por su inteligencia, ya adolescente, fundó sindicatos y confederaciones obreras y conoció, por este motivo, la persecución y la cárcel.
Aquella Rusia zarista vivía agitados momentos que pronosticaban un cambio revolucionario. Y entre estos grandes ideólogos, destacó pronto Lev Davidovich, escribiendo, agitando, dirigiendo.
Y en más de una ocasión, fue a parar a la cárcel de donde siempre logró escapar, hasta que terminó por cambiar de identidad.
Entonces decidió tomar el apellido de uno de sus más feroces carceleros y su nuevo nombre fue León Trosky, y el mundo lo conoció como rutilante intelectual y líder en la más importante revolución del siglo XX: La revolución bochevique.
Pero en la lucha por el poder, Trosky terminó perdiendo y tuvo que escapar de la Unión Soviética, ahora controlada por Stalin.
Y empezó un doloroso exilio por Turquía, Francia, Noruega y finalmente en México, invitado por el general Lázaro Cárdenas, presidente del país.
Allí, Trosky, se dedicó a criar palomas, a coleccionar estampillas, y a escribir sobre literatura y revolución.
Y un día, un hombre que se había ganado su confianza le pidió que le revisara el texto de un artículo. Trosky se sentó y empezó a leer. Entonces el hombre le atacó con un piolet de montañista y le causó heridas mortales.
Aquello sucedió un día como hoy, 20 de agosto de 1940. Y entonces el mundo perdió a León Trosky, al más brillante pensador y líder de la revolución
bolchevique.
Y Trosky, desde su visión política, recuerda que La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su comienzo
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