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Era un niño que hablaba de dos maneras: de una forma con su abuela, y de otra forma distinta con las demás personas. Después supo que la forma como hablaba con su abuela, se llamaba inglés. Y con los demás, era español.
Ese niño se llamaba Jorge Luís Borges y su precocidad literaria marcó su rumbo como uno de los grandes escritores del siglo XX y a los diez años, ya había publicado en los periódicos argentinos su primera traducción de un cuento de Oscar Wilde.
Después vinieron varios años de estancia en Europa y a su regreso a Argentina, enfrentó las persecuciones del régimen Peronista, que miraba con malos ojos a todos los intelectuales.
En aquel entonces, Borges era Director de la biblioteca de Buenos Aires, y Juan Domingo Perón, para humillarlo, lo nombró Inspector Municipal de gallinas y conejos en los mercados populares de Buenos Aires.
Borges, que necesitaba vivir de algo, abandonó la biblioteca y tuvo que aceptar el puesto ofrecido por el gobierno.
Años más tarde, nominado para el Premio Nobel de Literatura, y perfilado como seguro ganador, pocos días antes del anuncio oficial, Borges realizó declaraciones elogiosas sobre un dictador chileno acusado de genocidio y actos de corrupción.
El escándalo internacional obligó a la Academia Sueca a cambiar el nombre del ganador y Borges entró a formar parte de los grandes nombres que nunca recibieron el codiciado galardón.
La vida de Borges fue una eterna paradoja: Borges afirmó que había nacido en un continente equivocado, cuando este continente lo adoraba y lo sigue adorando en términos literarios.
Borges había nacido un día como hoy, 24 de agosto de 1899. Y más allá de sus humanas paradojas y contradicciones, su nombre quedará escrito, por siempre, como autor de grandes páginas de la literatura universal.
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