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Amor a la humanidad, odio a la gente
Cuando se habla de la revolución francesa, es obligatorio recordar al suizo Juan Jacobo Rousseau, que aunque no la pudo vivir, fue uno de sus inspiradores. Los biógrafos coinciden en señalar, además de su condición de autodidacta, la de su perfil maniático.

Rousseau, que predicaba una nueva forma de amor por la naturaleza y por la humanidad, no obstante desconfiaba profundamente de los humanos. Al morir, y para evitar la acción de los enemigos que lo perseguían en medio de sus paranoias, ordenó ser enterrado en un pequeño islote donde no pudiera acercarse nadie.