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<< REGRESO A INDICE DE HISTORIA
Aquí castramos muchachos
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En Roma eran comunes los letreros: Qui si castrono ragazzi. Aquí castramos muchachos. Obviamente, eran para los coros de las iglesias. La operación valía pocas monedas, pero quien castraba al muchacho, percibía, de por vida, parte de los ingresos que el castrati habría de recibir en el futuro. Con tantas iglesias y tal demanda, los cirujanos especializados en tal oficio vivían de por vida como reyes.
Muchos de los niños sometidos a la operación, morían en pocas horas: o desangrados, o por alguna infección generalizada. No existen cifras exactas de castrati, pero en el siglo XVIII en Roma, fueron más de ocho mil los que, a los ojos de las costumbres de aquel entonces, alegraron la celebración de la misa.
No obstante, el Concilio de Nicea dijo No, no más niños castrados en las iglesias. Pero los Papas subsiguientes desconocieron este acuerdo y se mantuvo la prohibición de mujeres cantando en las iglesias. Sixto V, Papa de finales del siglo XVI, rechazó la presencia de mujeres en las iglesias, porque están ligadas a la prostitución y al libertinaje y sus voces nos abren las puertas del pecado.
No imaginamos qué clase de madre o de hermanas tuvo ese Papa, pero ese era su punto de vista.
Y cien años más tarde, Inocencio XI decía lo mismo. Parece que los Papas se parecen...
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Alejandro Morsechi,
el último castrado.
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Por suerte hubo en algún momento un cambio, un poco más de respeto y ya Benedicto XIV dijo que estaba en desacuerdo con los castrati, pero reconoció que si dejaban de utilizarlos, las iglesias iban a quedar vacías. La gente iba a misa, no tanto por lo que dijera el cura, si no por escuchar música y en la música, lo más destacado era la voz de los castrati.
Así que la iglesia se opuso a la presencia de los castrados de una manera muy particular: sí, pero no, o mejor, no, pero sí.
En fin: No queremos más castrados pero que por ningún motivo falten en los coros. Así que la iglesia, durante un largo tiempo, siguió tercerizando el servicio.
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Pero aunque parezca que no, el horror también tiene un final. Y en su momento esa práctica quedó erradicada y el último de los castrati murió en 1922. Se llamó Alejandro Moreschi y todavía existen las cintas de su canto. Dicen que su voz era la de un soprano pero que no se parecía ni a la de un niño ni a la de una mujer.
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