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Para los amantes del ajedrez, debo confesar que esta posición del tablero está extraviada: ya la recuperaré para integrar el gráfico.
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Cuentan que en una playa manabita, a la orilla del mar, un maestro ecuatoriano, experto en profundas filosofías orientales, había instalado su pequeño templo. Aquel lugar era sagrado y allí llegaban sus alumnos en busca de paz, amor y sabiduría.
Allí todo era calma. Respirar profundo. Meditar. Repetir mantras. No pensar en nada. Dejar la mente en blanco. Así se consigue - decía el Gran Maestro Iluminado--, la armonía espiritual.
Un visitante, buscando ser iniciado en los grandes misterios de la renunciación a los bienes materiales, llevó de regalo dos perlas gigantes y de valor incalculable a su Maestro, que en ese momento se hallaba meditando sobre una roca, a la orilla del mar. Fue tanta la alegría al ver a su Maestro en actitud contemplativa, que tropezó y una de sus perlas rodó y cayó al mar.
Era un regalo para Usted, Gran Maestro, junto con esta otra perla
¿Vio Usted por dónde cayó?, preguntó el alumno.
El Maestro tomó la otra perla y la arrojó lejos, al mar, y dijo: Creo que cayó por allá
. Y agregó: Esto lo hago para que aprendas a no apegarte a las riquezas materiales.
El visitante, que todavía no sabía mucho de lecciones secretas, se llenó de ira, sacó su cuchillo, le cortó la cabeza al Gran Maestro Iluminado, y arrojó su cabeza lejos, por donde había caído la segunda perla. Al carajo con estos imbéciles malagradecidos, fue lo último que dijo antes de abandonar su militancia en filosofías orientales. |