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Para los amantes del ajedrez, debo confesar que esta posición del tablero está extraviada: ya la recuperaré para integrar el gráfico.
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En el año de 1770, Don Toribio Arregui, hacendado español radicado en lo que hoy es la provincia de Bolívar, era propietario de todo lo que los ojos podían ver y de lo que la imaginación pudiera soñar. Sé de su existencia porque compré en Quito un libro muy florido y voluminoso, en pasta de cuero, y escrito por Don Toribio. Debe ser el único que queda y se llama De unos muy grandes montes que tengo al levante y de unas muy inmensas tierras de gran riqueza y fertilidad que se extienden al poniente y de muchas otras fortunas que poseo al norte y al sur con muchas clases de indios.
Era verdad: En la parte alta de la hacienda de Arregui, lo que hoy es Guaranda, se sembraba trigo, y en la parte baja, en las playas del Guayas, se pescaban langostas.
Una tarde, por un camino empinado que parecía llegar al cielo, en Totoras, un lugar tan inhóspito que ningún dios conoce, a lomo de indio y en silla de cuero con adornos de oro y plata, iba Don Toribio a mirar sus tierras y sus indias.
En alguna parte del monte lo alcanzó un indiecito, jadeante, con la piel lastimada porque, para alcanzarlo, se había metido por lo más abrupto del monte. El hombre traía una bolsa de cuero llena de oro: !Se le cayó, patrón! Usted no se dio cuenta y aquí se la traigo. ¡Bendito sea Dios que lo pude alcanzar, Patrón Toribio!.
Don Toribio se bajó de la silla, recibió el oro, tomó su látigo y dio la más feroz paliza al indiecito: ¡Por pendejo! ¿Cómo crees que conseguí riquezas? ¿Siendo honrado? ¡Aprende en la vida, indio estúpido!. Al final lo dejó tendido, sangrante a la vera del camino. Con un solo gesto, ordenó a sus otros indios que lo cargaran de nuevo en su silla de cuero, oro y plata, y que siguieran la marcha.
Cien metros más adelante, dicen, los cargadores empezaron a entender la lección. Y cuentan que esa misma tarde los buitres disfrutaron de la cabeza de Don Toribio.
En ajedrez, también, los pequeños unidos son invencibles. |