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Sucedió en un país centroamericano: allí un empresario dueño de navieras, bancos, equipos de fútbol, jueces, aerolíneas, ministros, canales y emisoras, decidió comprar una empresa de plásticos para su colección. La compro con indios, dijo, porque la mayoría de sus empleadas eran jóvenes y bellas. Y esto le interesaba, por si acaso.
Entre los trabajadores había un administrador con quince años en la empresa. Cuando el empresario se enteró, era tarde para echarlo: debía indemnizarlo con veinte mil dólares. Nada, comparado con los cien millones de dólares que le había costado la empresa.
Pero para ahorrarse el pago y obligarlo a renunciar, imaginó las peores formas de humillación. Requisarle hasta los calzoncillos a la salida. Llevar su escritorio a una bodega fría, sin luz, en el último rincón de la fábrica. Prohibirle llamadas telefónicas de entrada o de salida. Nombramiento de Administrador Nocturno, aunque allí solo se trabajaba hasta las seis de la tarde. Llamadas a reuniones urgentes en las que esperaba seis o más horas, sin ser atendido, de pie, en un salón sin sillas y al final se le informaba que la cita se cancelaba.
El viejo empleado no renunció nunca: se suicidó en la noche de navidad, en la bodega. A la semana siguiente, el empresario fue declarado Hombre del Año. En el homenaje, anunció su candidatura a Presidente de aquel país. La sala estalló en aplausos.
En ajedrez, también, hay victorias explicadas por el sacrificio de los otros.
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