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La generación sin tocayos
POR DANIEL SAMPER PIZANO

El paisaje de los nombres colombianos está contaminado, y merece un estudio serio.

Conteste con la mano sobre el corazón: ¿le pondría usted a su hijo Failyng Jaidreiben o a su hija Heidi Dayana? Si tuviera un empleo y debiera decidir, en igualdad de condiciones, ¿le daría el puesto a Luis Fernando o a Yorbery Bartolo? De confesarle su hermano que tiene el corazón partido entre María Luisa y Shelly Fahisur, ¿con cuál le aconsejaría quedarse? Si respondió afirmativamente a la primera pregunta, y en las otras escogió a Yorbery Bartola o a Shelly Fahisur, es posible que usted se llame Divanilsen, Yasunary o Maiself.

La nueva nomenclatura de nuestros compatriotas es fenómeno reciente que solo ha sido tratado como graciosa extravagancia y necesita un estudio más cuidadoso. El panorama onomástico nacional sufrió hace unos años una revolucionaria transformación.
Antes pasaban de moda o se ponían en boga algunos nombres. En el siglo XIX tuvimos dos prohombres de nombre de pila Santos y una constelación de José Marías. El primer nombre desapareció y el segundo es cada vez más escaso. Antes, además, era posible ubicar la generación según el nombre. La cosecha de las Patricias empezó hace cerca de medio siglo, la de las Valerias hace la mitad de ese tiempo, la de los Sebastianes debe estar por cumplir los 35 años y la de los Lucas andará por los 30. Adicionalmente, los nombres feos, cacofónicos o inusuales solían proceder de la Biblia y eran típicos del campo. Pocos Emerencianos nacieron en ciudad, y la mayoría de los Melquisedecs son campesinos antioqueños, pues los colonos paisas cogían el Antiguo Testamento como directorio telefónico para cristianar sus copiosas camadas. A menudo las víctimas de VNF (Viejos Nombres Feos) arrastraban horribles nombres de antepasados.

Lo que sucede desde hace un tiempo es completamente distinto. Cesó el peso de la Biblia, la tradición o la moda. Ahora rigen dos recetas: la adopción de nombres extranjeros que pueden ser de personas, cosas o marcas, y la artesanía doméstica de nombres. Obedecen al primer modelo nombres como Bismarck,
Chaombambino, Rodwelia o Amburguer James. Y son fruto del segundo ciertos rompecabezas como Mariyuri Diyursai, Wilber Yobabiurian, Yerlys Vicmy o Yesmystania. Todos ellos corresponden a la categoría NNE (Nuevos Nombres Extravagantes). Las nuevas generaciones no tienen tocayos, aunque ya el prestigio de ciertos NNE genera imitadores. La Selección Colombia abunda en Wasons, Edwins, Harrisons, Libis e incluso refritos como Mahler Tresor, bautizado en honor a un músico y un futbolista.

Advierto que todos los apelativos citados son genuinos y corresponden a ciudadanos de carne y hueso, casi siempre menores de 40 años. Están documentados y, en algunos casos, explicados en ¿De parte de quién?, de los publicistas José Raventós y Pablus Gallinazo, un libro reciente y delicioso sobre los monstruos que campean en nuestra onomástica contemporánea.
Delicioso, dije, e inquietante. Porque detrás de este fenómeno suelen existir un afán conmovedor de imitar los nombres de países con estándares de vida más elevados, aquellos cuyos personajes vemos en las noticias, cuyas marcas conocemos en los anuncios y cuyos nombres aparecen en el cine y la televisión. Es como si los padres pretendieran encomendar el chino a la buenaventura y la protección de un nombre extranjero. La tendencia alcanza extremos delirantes cuando los propios taitas ensamblan el nombre a partir de un puñado de letras de estirpe foránea, como W, Y, X y J inglesa. Hay poco que hacer. Me temo que la Constitución los protege, aunque no desarrollan su personalidad sino que perturban la de sus hijos.

Recorrer la nueva nomenclatura nacional eriza los pelos y provoca carcajadas, pero también suscita preocupación. No hay nombres gratuitos ni inocentes, ya lo advirtió Shakespeare. ¿Qué frustraciones provocaron la epidemia de estos nombres, y, sobre todo, qué discriminaciones traerán? Son nombres que delatan por lo general un origen social y educativo modesto, y un gusto que crea prevenciones. Seguramente acabarán influyendo al buscar empleo, novia o ascensos. Por ahora solo se asoman unos pocos en el Congreso: Milton Arelex Rodríguez, Herminsul Sinisterra, Dixon Fernet Tabasco...

A lo mejor un día tendremos una Yormmenery o un Bigniguilisob en la Presidencia. Pero, mientras tanto, los NNE desnaturalizan nuestra cultura onomástica, enredan los computadores y exponen a los niños a cargar con caprichos y complejos de sus padres.

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